Aunque me caiga irremediablemente mal, reconozco que el presidente Trump es extraordinario. Si obviamos la tarea molesta de comprobar sus dichos, podríamos enumerar un ramillete de virtudes insólitas no sólo para un presidente, también para cualquier ser humano. No creo que sea alienígena reptiliano, pero sí es fuera de lo común. No creo que exista comunidad, cárcel o manicomio que lo merezca. Por ejemplo, en bien documentados discursos, afirma que él sabe más que casi cualquiera sobre prácticamente todo, desde la tecnología más sofisticada hasta la dinámica de los virus y las epidemias. También asume la conclusión pacífica de una decena de guerras, lo que le haría merecedor de una decena de premios Nobel de la Paz (incluyendo el de Corina Machado). Destaca también su asertividad para identificar los complots más inverosímiles, la calidad intelectual y moral de sus adversarios, la voluntad soberana del país que representa… y de cualquier país. ¡Su sabiduría es salomónica! La felicidad de los ciudadanos estadounidenses en su gobierno debería ser obvia, pero… Habría qué ver un indicador adicional en los hechos estadísticos no sólo en las encuestas.
Por ejemplo: Estados Unidos tiene una larga tradición de atentados contra sus presidentes; cuatro murieron asesinados, y media docena sobrevivieron al atentado. Uno de ellos, Gerard Ford, sufrió agresiones armadas en dos ocasiones en California. Pero Trump, al fin excepcional, ya superó a Ford y ha librado tres atentados en su contra, y en tres estados distintos. El reciente atentado en la cena de corresponsales despierta muchas sospechas. Karoline Leavitt, la vocera trumpista en receso habría advertido poco antes sobre “disparos” durante el evento, aunque pudo ser sólo un abuso de la semántica. El atacante, hasta donde se sabe por ahora, tuvo motivaciones religiosas más que políticas; también fue bastante torpe, puesto que ni Trump, ni sus secuaces del gabinete, estuvieron en riesgo. Viendo la incompetencia del asesino fallido, sólo queda evaluar las consecuencias del atentado, y parece que Cole Tomas Allen abonó el terreno para que Trump avance todavía más en implantar un estado totalitario. En lo único que Allen coincide con más de la mitad de los estadounidenses es en el repudio al régimen fascista de Trump. Si en algo han coincidido masivamente los opositores a Trump es en la no violencia, en la manifestación pública y en cavar trincheras desde el Poder Judicial. Las armas que permite la democracia.
Mi abuelo decía que para hallar a un culpable no hay que conformarse con el autor del daño, hay que ver quién se benefició. Cole T. Allen fue el autor del atentado fallido. Tal como están las cosas en el pésimo manejo de información en medios, cabe cualquier especulación. Pudo ser un tonto, un loco o cómplice de un montaje. Lo que sea, pero el verdadero beneficiado fue Donald J. Trump quien, además de salir ileso y no haber estado ni un minuto en riesgo, no perdió tiempo en usar el evento como instrumento de propaganda a su favor. Dos cosas destacan en sus “conclusiones” sobre el atentado: la urgencia de construir su versallesco salón de baile en la Casa Blanca, y la posibilidad de recurrir a una presunta crisis en la seguridad nacional para endurecer medidas contra manifestaciones públicas y contra los derechos humanos y políticos de los estadounidenses. Lo de su salón de baile resulta de una alquimia demente entre la gimnasia y la magnesia, porque no hay relación entre el atentado y esa manía de construcciones majestuosas, tan común en los faraones y en los dictadores. Sobre la crisis en la seguridad, no podríamos contradecirlo, porque la hay, pero no causada por quienes se le oponen sino por el estado policiaco que intenta imponer usando grupos paramilitares como el ICE (Immigration and Customs Enforcement) que ahora pretendería renombrar como NICE (National Immigration and Customs Enforcement), de ICE a NICE, de “hielo” a “bueno”). Una idea de una de sus feligreses “magas” que Trump festeja y aprueba.
Si no deliberado, sí fue oportuno el joven Allen al meter en el estruendo mediático un tema que distraiga de otros realmente urgentes como: los archivos del cártel Trump-Epstein, la guerra ilegal contra Irán; el apoyo al expansionismo genocida y sionista de Israel; el declive de la fortaleza militar estadounidense en Medio Oriente; la locura en los mercados mundiales calibrada por las contradictorias pero sospechosamente convenientes declaraciones de Trump los fines de semana; la crisis económica mundial causada por sus decisiones militares, económicas y diplomáticas; la amenaza expansionista en América que ahora también incluye incautar las islas Malvinas a Gran Bretaña para cederlas al gobierno argentino y títere de Milei. Viendo cómo reaccionan Trump y los estadounidenses al atentado, también nos distraemos de la volatilidad de la paz en el mundo: Unión Europea, Ucrania, Turquía, Líbano, Yemen, Mali, Arabia Saudita, Taiwan… y así. En todos los casos, incluyendo la injerencia de Estados Unidos en prácticamente todos los países del mundo, incluyendo México infiltrado por la CIA, el origen de cada crisis, de cada problema, de cada foco de violencia, nos lleva directa o indirectamente a Donald J. Trump, y en todos los casos, hay un posible beneficio no para Estados Unidos como país, sino para Trump y su camarilla de oligarcas.
Personalmente, me molesta en especial el ruido alrededor del atentado reciente contra Trump. Mis principios, que ni siquiera son tan sólidos ni tan éticos, me obligan a horrorizarme contra un acto homicida, aunque fuera fallido. No puedo justificar ni el homicidio ni el magnicidio. Sentí lo mismo cuando los compadres Trump-Netanyahu asesinaron al líder religioso y político de Irán, Alí Jameneí. Me molesta mucho que, en el caso de Trump como víctima fallida, me horrorice la posibilidad pero no sienta un gramo de compasión o empatía por él. No sé si esto me ponga en el umbral de convertirme en un asesino sicópata o fanático, pero revisando el daño y la mortandad que Trump ha causado en todo el mundo, es muy tentador justificar el atentado. Me molesta todavía más que esta ausencia de emoción ante el atentado sea también compartida por otros. Hasta ahora, la oposición de los ciudadanos y partidos estadounidenses contra Trump ha sido razonable y pacífica. La crítica contra él ha sido intensa, pero dentro de los límites que regulan las leyes estadounidenses. La frustración frente a la impunidad con la que Trump y sus sicofantes han burlado las leyes puede empeorar las cosas. Hay hasta extremistas que ya hablan de guerra civil y fanáticos que ya prefiguran un anticristo. La impotencia de la razón ciudadana frente a la locura trumpista puede dislocar la mesura y corromper los argumentos. Lo que sigue es el caos, y el caos es virulento y expansivo; y eso se puede confirmar con la pasada pandemia de CoVid y el reciente mandato de Donald J. Trump. Vacunas y cuidados pudieron controlar y prevenir la pandemia de CoVid. El gobierno de Trump no sólo es virulento, también es mortalmente tóxico. No hay vacuna probada contra él… ¿habrá al menos un antídoto que no implique un magnicidio? ¡Ojalá!